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He esperado a pintar de rojo las uñas de mis pies.
He restado importancia a que el día no acompañe.
He dejado que el agua se lleve las caricias caducas.
He reflejado en el espejo mi sonrisa más fiel.
He confundido a mis miedos y los he hecho deseos.
He temido encontrarte y no saber qué decir.
He decidido cerrar los ojos y sentir el calor de tus labios.
He dejado el camino y me atajo hasta ti.
He improvisado un poema de amor.
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Hay momentos en la vida en los que perderse no significa necesariamente dejar de encontrarse, ni saltar desde el filo del precipicio significa caer.
Hay momentos en los que no se quiere ser el Amor de la vida de nadie, tan sólo el vehículo de huida.
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(Cuando Leo me preguntó si yo escribía poesía, le dije que no. Sin embargo aunque no en la forma, sí quiero pensar que lo que escribo es algo así como poesía)
Era un día de esos en los que sin saber por qué necesitas un refugio, cualquier refugio. El abrigo de cualquier lugar.
Había llovido toda la noche y el aire olía a humedad, a asfalto mojado. La primavera tiene esos momentos.
Tenía los ojos tristes, muy tristes y daba vueltas al café una y otra vez sin dejar de mirarlo. Los ojos más tristes del mundo, pensé.
Podía verla acodada en la mesa, girando interminable una cucharilla entre sus dedos. Tenía el pelo del color de la canela y los ojos tan tristes. A veces paraba su tiovivo de azúcar y miraba sus manos desolada, como quien mira algo que en cualquier momento perderá para siempre. Y esos ojos tan tristes, tan negros y tan tristes.
La cuchara sobrevive un segundo al torbellino que hay dentro de la taza y de nuevo se ahoga en sus profundidades. Pasa un minuto o dos y vuelve a su vals incansable. Mientras, ella entreabre los labios como para decirse algo y los cierra de nuevo. Cómo alguien puede tener tanta tristeza acumulada en los ojos, tan negros, tan profundos.
Me gustaría acercarme y preguntarle por sus ojos, por sus manos, pero no me atrevo, tengo miedo de que me atrape con su tristeza y me envuelva en el girar perpetuo de su café. Aun así, no puedo dejar de mirarla. No puedo fingir que no veo su tristeza resbalando por su ojos.
Cuando alza la vista del baile de café, mira más allá de la pared que tiene enfrente, mucho más allá. Lleva un pañuelo rojo abrazado a su cuello. A veces lo toca con ternura, lo acaricia. El rojo contrasta con la negrura del manto de pestañas que parpadean lentas, abrigando la tristeza de sus ojos.
Se levanta arrastrando la silla que emite un chillido de dolor agudo. Sobre la mesa queda una taza llena de café frío que gira aun en su penúltima vuelta. Pasa delante de mí como una sombra sin rozar siquiera el frío mármol de mi mesa. Puedo ver sus ojos más de cerca y no hay nada más triste.
Ya en la puerta, se cruza con un niño que entra de la mano de su madre y la mira, callado, interrogante. Probablemente piense que tiene los ojos más tristes del mundo, pero en ese momento ella sonríe y su sonrisa es dulce y limpia como una sonata.
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